REFLEXIÓN V DOMINGO DE CUARESMA

«Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva”, proclama hoy el Señor, por boca de Jeremías, que la escribirá  en nuestros corazones. Y la Iglesia, necesitada de la Vida nueva que trae esta Alianza, grita: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro” para que el grano de trigo, Jesucristo (quién aprendió, sufriendo, a obedecer), dispuesto a caer en nuestra tierra y morir, dé el fruto de la Pascua en nosotros.Parece paradójico, pero la propuesta del Evangelio hoy nos invita a cuestionarnos seriamente sobre cómo estamos viviendo esta vida, que está llamada a morir para dar fruto. Ya la liturgia nos prepara para celebrar la culminación del tiempo cuaresmal que será precisamente la Pascua, la de Jesús y la nuestra que solo tendrá sentido cristiano si nos entregamos como él, para dar fruto abundantemente.

Jesús anuncia la forma en que iba a morir al decir que atraerá a todos hacia él cuando sea elevado, es decir, cuando sea colgado en la cruz. La hora del hijo es justamente su muerte que es al mismo tiempo, su glorificación. La CRUZ se convierte así en el “TRONO” donde reina Jesús sobre el mundo. La muerte en el Evangelio de Juan no es trágica, ni triste, sino es triunfal, es gloriosa; esta es la perspectiva de la vida eterna y verdadera que trae Jesús.

Las palabras del evangelio, hoy nos invitan a no estar tan aferrados a nuestra vida, a nuestros intereses, nuestros problemas y pre-ocupaciones, etc. sino en entregarnos, es decir, a “morir” a nosotros mismos, para así dar vida a los demás. No se trata tanto de hacer grandes cosas ni sacrificios heroicos sino simplemente aceptar con toda su densidad y profundidad la misión que cada cual tenga en esta vida, según la decisión que ha tomado de ser seguidor y discípulo de Jesús.

Alberto Espinar Lara,

Párroco de San Emilio